Bastaban dos pequeñas letras para que al momento de
juntarse lo atormentaran en un vaivén de pensamientos.
Pensamientos que de no ser aclarados con la mente fresca lo
sumergían en un mar negro de sentimientos.
Sentimientos que sin lugar a dudas hacían de su ser un
espacio cada vez más vulnerable.
Quien se iba a imaginar que un sí o un no, podrían
cambiarlo todo…
Una llama roja en vuelta en ráfagas de color amarillo y
anaranjado, iluminaba angustiosamente un cuarto oscuro, un cuerpo vacío, un
alma nula o simplemente un ser descarriado.
Si, un ser “descarriado” que poco a poco se ahogaba en
sus penas y no era capaz de ver más allá, sino a lo que se había acostumbrado.
No era justo que viviera arraigado a algo que no tenía
sentido. Algo que por momentos le brindaba felicidad y luego lo bajaba
abruptamente a la tristeza.
No habían culpables él era el autor principal de esa
agonía… él escribía día a día su historia y no era capaz de aceptar lo
inevitable.
Hasta que aquella noche en medio de la oscuridad la llama
arrasadora que lo quemaba en vida se apago y una voz que provenía de su
interior le dijo:
“Amigo mío recuerda que lo más valioso que tenemos es el
tiempo y la vida nos enseña a no malgastarlo con quien no quiere compartirlo
con nosotros. Lo bueno vuelve y nunca más se irá, pero, aquello que se va y
nunca más vuelve es porque no valía la pena.”
Leomanjafu
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