martes, 15 de septiembre de 2015

LA INDIFERENCIA, EL PAN DE CADA DÍA

Después de ver un documental que retrata la dura situación por la que atraviesan los habitantes de una comunidad en la costa Caribe de Colombia. La impotencia y la zozobra ahondaron en mí, dejando un sinsabor que me recuerda lo ingrato y absurdo que es el poder.

Desde los inicios de la historia el poder o más bien el abuso del poder ha registrado los mayores índices de inhumanidad dando prioridad a la clase alta. Y por ende que las clases menos favorecidas sigan cargando el peso de la desigualdad.
  
La indiferencia es el peor de los castigos al que se puede someter a un ser vivo. Siendo esta, por la que optan los grandes líderes, si así es que se les puede llamar, personajes que si se pusieran realmente la mano en el corazón al ver tanta desolación harían de este mundo un lugar mejor.

No es justo que teniendo la posibilidad de mejorar la calidad de vida de una comunidad se hagan los desentendidos y los años sigan transcurriendo sin que se haga nada.

El poder o quien tiene el poder una vez más nos enseña lo corrupta que están las sociedades actuales. Para nadie es un secreto que la vida misma es corrompida ante nuestros ojos diariamente sin que nadie haga nada. Por consiguiente, aquel que consigue llegar a altos mandos sufre como una especie de formateo selectivo en donde le da valor o prioridad a lo que le beneficia y los demás como se dice coloquialmente: “que se chupen el dedo”.

La gran mayoría de personas que habitan el mundo son pobres, pero no son pobres por gusto, son pobres porque así lo decidieron sus gobernantes.
 
La calidad de vida en el mundo entero es realmente lamentable, partiendo desde el punto de vista de los menos favorecidos. Cada día es mayor el índice de personas que mueren a causa de una mala calidad de vida. La falta de agua potable, la escasez de alimentos, los fenómenos naturales y el deterioro de los recursos naturales, hacen del proyecto de vida de los más vulnerables un epicentro de desigualdad y olvido.

Entre tanto, las inversiones en proyectos que buscan generar ingresos comerciales son las primeras en aprobarse, pero aquellas que son necesarias para abastecer a una comunidad y que por ley son primordiales para un óptimo desarrollo social son relegadas por nuestros “lideres” por el simple hecho de no perturbar su tranquilidad. Se sobre entiende que al momento de aceptar el reto de dirigir a toda una población o país se espera que los problemas que indirectamente no le aquejen tienen el mismo valor que aquellos que le competen.

La indiferencia hacia los más vulnerables por parte de nuestros gobernantes es una problemática que se debe afrontar con la mayor entereza. Hasta cuándo seguirán pasándose la bolita para ver quien termina o se hace cargo de sus responsabilidades, porqué de no ser así, la brecha de la discordia se abrirá y se hará aun más profunda impidiéndonos divisar el imaginario colectivo al que llamamos, paz. 

“Hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder y de procurar el bienestar de sus pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la paz.”
Juan Pablo II 

sábado, 5 de septiembre de 2015

ENTRE LA NIÑEZ Y LA ADULTEZ

El tierno canto de las aves acompañado de risas inocentes que ven con felicidad volar su imaginación me recuerdan cuan triste y a la misma vez bella es la infancia. Triste porque se esfuma ante nuestra mirada en un abrir y cerras de ojos, y bella porque cada momento compartido con nuestros semejantes es significativo y valorado. Nada comparado con la actualidad en donde rara vez valoramos algo que no nos deslumbre.

Es mucho más fácil robarse el corazón de un niño que lograr cautivar el de un adulto. Cuando se es niño todos somos iguales y mientras el factor diversión este activado lo demás vendrá por añadidura. Todo lo contrario ocurre cuando se es adulto; la soberbia, la prepotencia y el egoísmo son factores determinantes al momento de aceptar lo que está a nuestro alrededor.

Pequeños pasos, risas inocentes o nerviosas, ingenuidad y ganas de devorarse el mundo como si se fuese a acabar, son el diario vivir en nuestros primeros años. Primeros años que nos forman como personas y hacen de nosotros seres sociales.

Del mismo modo, a medida que van pasando los años notamos que lo que anteriormente nos hacia feliz poco a poco va disminuyendo nuestra emoción y se hace cada vez más difícil captar nuestra atención. Los gustos varían y poco a poco vamos reforzando a ese ser que con el tiempo venimos cultivando para convertirlo en un ser más racional y autónomo.

Por otro lado, al hablar de madurez e independencia debemos ser muy cuidadosos debido a que no todos contamos con las mismas oportunidades/beneficios y por ende cada persona se constituye de forma distinta. El ser humano es un individuo que está abierto a los cambios siendo estos, reguladores e impulsores de personalidad.

Así mimo, el desarrollo político social que se implemente durante la formación educativa marcara la relación con nuestros semejantes. La tolerancia y el trabajo en equipo son bases solidas para ser capaces de sobrellevar los afanes que trae consigo el futuro.

Al momento de llegar a la adultez nuestra forma de pensar es diferente (eso se espera), vemos con más claridad lo que nos rodea y empezamos a establecer vínculos que nos abrirán caminos en el plano general de la vida.

Existen dos tipos de adultos, los que se quedan inmersos en el individualismo y los que luchan por un bienestar colectivo.
 
Cada individuo es libre de crear su propia aura y está casi siempre va de la mano de todas las experiencias vividas, experiencias malas o buenas que fortifican tu ser y te definen como ciudadano del mundo.

Es entendible que no podemos seguir pensando como cuando éramos niños, debido a que las situaciones que afrontamos son totalmente distintas. Lo que se debe rescatar y jamás perder son los valores que de pequeños nos inculcan, valores que de pequeños se viven y se afrontan honestamente. Amar al prójimo, no crear barreras y valorar a todo aquel que nos rodea, estas son cualidades que con el pasar de los años perdemos y simplemente las aplicamos con algunas personas de nuestro entorno.

“No es la altura, ni el peso, ni la belleza, ni un título o mucho menos el dinero lo que convierte a una persona en grande. Es su honestidad, su decencia, su amabilidad y respeto por los sentimientos e intereses de los demás.”
Madre Teresa de Calcuta

viernes, 4 de septiembre de 2015

A LA ORILLA DEL MAR

Cómo una cometa a lo lejos en brazos de la fuerte brisa del mar veo mis sueños volar.

Algunas veces inalcanzables otras veces tan palpables que no me dan chance de flaquear.

Así transcurre este viaje entre mi mente y caras sonrientes que destellan felicidad.

Rostros sonrientes, emociones que denotan felicidad y entusiasmo atosigaban mi mirar.

No era posible que solamente yo me sintiera así, tan ausente y a la misma vez presente.

No estaba muerto en vida, estaba cansado de ver como todo se derrumbaba ante mis pies y nadie podía verlo.

Era mi estado de ánimo, el que sin más aquí un día me impulsaba tan alto que no me lograba divisar y al otro me ataba al suelo sin dejarme caminar.

Bastaba con cerrar los ojos por un momento y dejarme acariciar por la brisa costera, para navegar sin rumbo fijo y libre de culpas.

El inclemente sol a plena orilla del mar, me recordaba lo vivo que estaba y lo oportuno que era la tranquilidad de ese lugar para reflexionar.

No ganaba nada reviviendo fantasmas del pasado eran una cargar pesada de culpas, que me recordaban sin piedad alguna lo que pudo ser.

A la orilla del mar me propuse afrontar la realidad (el presente) y ser como las olas, ir siempre hacia delante sin mirar atrás…


Leomanjafu