Después de ver un documental
que retrata la dura situación por la que atraviesan los habitantes de una
comunidad en la costa Caribe de Colombia. La impotencia y la zozobra ahondaron
en mí, dejando un sinsabor que me recuerda lo ingrato y absurdo que es el
poder.
Desde los inicios de la
historia el poder o más bien el abuso del poder ha registrado los mayores índices
de inhumanidad dando prioridad a la clase alta. Y por ende que las clases menos
favorecidas sigan cargando el peso de la desigualdad.
La indiferencia es el peor
de los castigos al que se puede someter a un ser vivo. Siendo esta, por la que
optan los grandes líderes, si así es que se les puede llamar, personajes que si se pusieran realmente la mano en el corazón al ver tanta desolación harían de
este mundo un lugar mejor.
No es justo que teniendo la
posibilidad de mejorar la calidad de vida de una comunidad se hagan los
desentendidos y los años sigan transcurriendo sin que se haga nada.
El poder o quien tiene el
poder una vez más nos enseña lo corrupta que están las sociedades actuales. Para
nadie es un secreto que la vida misma es corrompida ante nuestros ojos diariamente
sin que nadie haga nada. Por consiguiente, aquel que consigue llegar a altos
mandos sufre como una especie de formateo selectivo en donde le da valor o
prioridad a lo que le beneficia y los demás como se dice coloquialmente: “que
se chupen el dedo”.
La gran mayoría de personas
que habitan el mundo son pobres, pero no son pobres por gusto, son pobres
porque así lo decidieron sus gobernantes.
La calidad de vida en el
mundo entero es realmente lamentable, partiendo desde el punto de vista de los menos
favorecidos. Cada día es mayor el índice de personas que mueren a causa de una
mala calidad de vida. La falta de agua potable, la escasez de alimentos, los
fenómenos naturales y el deterioro de los recursos naturales, hacen del
proyecto de vida de los más vulnerables un epicentro de desigualdad y olvido.
Entre tanto, las inversiones
en proyectos que buscan generar ingresos comerciales son las primeras en
aprobarse, pero aquellas que son necesarias para abastecer a una comunidad y que por ley son primordiales para un óptimo
desarrollo social son relegadas por nuestros “lideres” por el simple hecho de
no perturbar su tranquilidad. Se sobre entiende que al momento de aceptar el
reto de dirigir a toda una población o país se espera que los problemas que
indirectamente no le aquejen tienen el mismo valor que aquellos que le
competen.
“Hasta
que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten cuestionarse con
valentía su modo de administrar el poder y de procurar el bienestar de sus
pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la
paz.”
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