El tierno canto de las aves
acompañado de risas inocentes que ven con felicidad volar su imaginación me
recuerdan cuan triste y a la misma vez bella es la infancia. Triste porque se
esfuma ante nuestra mirada en un abrir y cerras de ojos, y bella porque cada
momento compartido con nuestros semejantes es significativo y valorado. Nada
comparado con la actualidad en donde rara vez valoramos algo que no nos
deslumbre.
Es mucho más fácil robarse
el corazón de un niño que lograr cautivar el de un adulto. Cuando se es niño
todos somos iguales y mientras el factor diversión este activado lo demás
vendrá por añadidura. Todo lo contrario ocurre cuando se es adulto; la soberbia,
la prepotencia y el egoísmo son factores determinantes al momento de aceptar lo
que está a nuestro alrededor.
Pequeños pasos, risas inocentes
o nerviosas, ingenuidad y ganas de devorarse el mundo como si se fuese a
acabar, son el diario vivir en nuestros primeros años. Primeros años que nos
forman como personas y hacen de nosotros seres sociales.
Del mismo modo, a medida que
van pasando los años notamos que lo que anteriormente nos hacia feliz poco a
poco va disminuyendo nuestra emoción y se hace cada vez más difícil captar
nuestra atención. Los gustos varían y poco a poco vamos reforzando a ese ser
que con el tiempo venimos cultivando para convertirlo en un ser más racional y
autónomo.
Por otro lado, al hablar de
madurez e independencia debemos ser muy cuidadosos debido a que no todos
contamos con las mismas oportunidades/beneficios y por ende cada persona se
constituye de forma distinta. El ser humano es un individuo que está abierto a
los cambios siendo estos, reguladores e impulsores de personalidad.
Así mimo, el desarrollo
político social que se implemente durante la formación educativa marcara la
relación con nuestros semejantes. La tolerancia y el trabajo en equipo son
bases solidas para ser capaces de sobrellevar los afanes que trae consigo el
futuro.
Al momento de llegar a la
adultez nuestra forma de pensar es diferente (eso se espera), vemos con más
claridad lo que nos rodea y empezamos a establecer vínculos que nos abrirán
caminos en el plano general de la vida.
Existen dos tipos de
adultos, los que se quedan inmersos en el individualismo y los que luchan por
un bienestar colectivo.
Cada individuo es libre de
crear su propia aura y está casi siempre va de la mano de todas las
experiencias vividas, experiencias malas o buenas que fortifican tu ser y te
definen como ciudadano del mundo.
Es entendible que no podemos
seguir pensando como cuando éramos niños, debido a que las situaciones que
afrontamos son totalmente distintas. Lo que se debe rescatar y jamás perder son
los valores que de pequeños nos inculcan, valores que de pequeños se viven y se
afrontan honestamente. Amar al prójimo, no crear barreras y valorar a todo
aquel que nos rodea, estas son cualidades que con el pasar de los años perdemos
y simplemente las aplicamos con algunas personas de nuestro entorno.
“No es la altura, ni el peso, ni la belleza, ni
un título o mucho menos el dinero lo que convierte a una persona en grande. Es
su honestidad, su decencia, su amabilidad y respeto por los sentimientos e
intereses de los demás.”
Madre Teresa de
Calcuta
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